25 abr. 2016

Ganadores del VIII Certamen Plástico-Literario


Patricia B.P. 3ºC

   
    Este año la VIII Semana Cultural se ha dedicado al mundo de los cuentos y entre las numerosas actividades realizadas está el VIII Certamen Plástico y Literario en el que ha participado el alumnado de Primaria con sus creaciones artísticas, tanto en la modalidad de cuento como en la de marcapáginas.

   Aquí podéis apreciar la creatividad de nuestros pequeños artistas en los cuentos y marcapáginas ganadores del Certamen.

El rinoceronte verde
Había una vez un pequeño rinoceronte que vivía en la sabana africana.
El rinoceronte estaba triste porque había nacido distinto a los demás: era de color verde.
Un día, jugando con sus amigos, descubrió que era el más rápido de todos.
A partir de ese momento, nunca se sintió inferior a los demás y fue muy feliz para siempre.
Javier F. A., 1ºA

 El mundo de la cabra Xilo
Xilo es una cabra muy blanca con lunares negros, tiene los ojos verdes. Vive en una granja en las montañas. Cuando sale con el rebaño a comer hierba al prado, siempre se escapa y el pastor tiene que mandar al perro Roco a buscarla. Se escapoa para buscar la hierba más fresca.
La cabra Xilo le dijo a Roco: “Déjame que quiero comer”.
Roco esperó y luego se fueron los dos.
Pedro G. B. V., 1ºB


Nadir C., 1ºA
Los sueños se cumplen
La oruga Federica estaba muy triste. Cada día miraba a las mariposas y suspiraba porque ella no podía volar.
Una tarde se acercó Lumninosa, una preciosa mariposa, y le dijo: “Ten paciencia, tus alas llegarán.”
Mario S., 1ºB
Pasó el invierno y quiso descansar en su capullo. Al despertar vio que se había convertido en una linda mariposa.
María A. R., 1ºC

La manzana
Había una vez una manzana alegre y muy juguetona. Ella, todos los días se iba a jugar al parque, que se llama “Frutilandia”. Se fue con sus amigos que eran la naranja, la pera, el plátano, la fresa, la sandía y el melón.
Se pusieron a jugar al escondite, se la quedaba el plátano. Al cabo de un rato, ya había encontrado a casi todos menos a la manzana.
Empezaron a llamarla pero no contestaba, cuando, de pronto, el melón la encontró detrás de un arbusto con un niño.
El niño estaba llorando porque no quería jugar con sus amigos porque su mamá se había enfadado con él porque nunca quería comer fruta. Entonces la manzana le dijo que era una manzana mágica y si le daba un mordisco ya le gustaría la fruta para siempre. El niño la mordió y le encantó, tenía un sabor buenísimo.
La manzana le dijo: “hay que comer muchra fruta para crecer sanos y fuertes”.
Jorge C. N., 2ºA
 Las aventuras de Bruno
Bruno es un perro pastor alemán de color negro y canela. Bruno es juguetón, alegre y muy, muy noble.
Mar G.,1ºC
Un día sus dueños fueron de vacaciones a la playa y cuando llegaron y se bajaron del coche, Bruno vio a una perrita y se fue detrás para jugar con ella. Pero se alejó tanto que cuando se dio cuenta no encontró a sus dueños. ¡Se había perdido!
Se hizo de noche y se puso muy oscuro. Le dio tanto miedo que se escondió en un callejón y se acurrucó para dormir. De pronto, dos grandes y brillantes ojos lo miraban: un gran gato negro lo observaba fijamente. Salió corriendo, el gato detrás y detrás del gato ¡cuarenta gatos más! Era una pandilla de gatos callejeros que querían atraparlo.
Corriendo a toda prisa, llegó cerca de la playa y vio a su dueño que lo llamaba a gritos. Bruno se puso tan contento que dio un salto y por poco tira a su amo. Los gatos se fueran huyendo y Bruno brincaba y labraba de alegría.
Pedro D., 2ºB

 Hábitos saludables
Érase una vez un mago que le hizo a un sapo un hechizo: una dentadura perfecta, para poder comer de todo y hasta hablar.
El sapo estaba feliz porque podía comer golosinas y no moscas. El mago le decía:
— ¡Cuida tus dientes, lávalos para que no tengas caries!
Pero el sapo no hacía caso y comía muchas golosinas, ¡le gustaban tanto!
Poco a poco salieron las caries y se le cayeron los dientes. Ya no podía comer golosinas, ni hablar.
¡Otra vez a comer moscas! ¡Puaj!
Yael G. O., 2ºC
Miriam A.G., 2ºA

La rana exploradora
Érase una vez una familia rana que tuvo un renacuajo. Fue pasando el tiempo y era ya una rana cuando les dijo a sus padres:
Fátima S., 2ºB
— Quiero cumplir mi sueño.
— Y, ¿cuál es tu sueño?
— Ser exploradora.
—¿Qué? ¿Por qué?
— Porque ahí afuera hay amigos y exquisitos bichos para probar. Dejadme cumplir mi sueño, por favor.
 — Vale, pero con una condición.
— ¿Cuál?
— Mandarnos postales y bichos.
— Vale, vale.
— Anda, ve a preparar tu equipaje.
— ¡Yupi!
Se fue. Estuvo andando un rato y descansó al lado de una charca. La rana metió los pies en la charca y vio un mosquito. Lo cazó y se lo comió pero dejó un trocito para sus padres y se lo envió con una postal.
Siguió andando y se encontró un sapo adulto. Le preguntó:
— ¿Quieres ser mi amigo?
— Sí, ¡me encantaría hacer una amiga!
— ¿Quieres ser mi compañero de viaje?
— Claro, somos amigos.
— Venga, vámonos de viaje.
Llegaron a un lago precioso, rodeado de flores multicolores y árboles donde vivían cantidad de animalitos. También vivía en el lago una familia de cisnes. Era todo tan bonito que decidieron quedarse a vivir allí.
Se hicieron amigos de los cisnes y los viajes los hacían solando sentados sobre sus lomos.
Emma G. A., 3ºA

El club de los cuentos
Esta historia pasó cuando los cuentos cambiaron, empezaron a aburrirse y quisieron formar un club.
— ¡Ohhh! ¡Qué aburrido estoy, ya no hay aventuras!
— ¡Es verdad, Peter!
— ¿Por qué no formamos un club?
—  ¡Buena idea! ¿Por qué no juntamos a los demás cuentos?
Paula L., 2ºC
— Campanilla, ¡qué buenas ideas tienes! Pero…
— ¡Peter, Peter!¡Garfio nos ataca otra vez!
— ¿Otra vez? Gracias, chicos.
— De nada, Peter.
— Chicos, yo iré a por Garfio y vosotros avisad a los cuentos del club. ¡Rápido!
Los niños no sabían cómo avisad a los demás cuentos. Propusieron muchas ideas pero la que más les gustó fue viajar a los demás cuentos.
— Pero, ¿a qué cuento vamos?
— ¡Ya sé, a Caperucita Roja!
Fueron a Caperucita Roja, se encontraron con el lobo y él los engañó:
— Hola, ¿sabe dónde está Caperucita Roja?
— ¡Sí, sí, sí! Vosotros pasad por el bosque de las flores, después girad a la izquierda, seguid recto, luego girad a la derecha, allí encontraréis la casa de Caperucita.
— ¡Ohhhh! Gracias.
— De nada, chicos. ¡Ja, ja, ja! —rió cuando se fueron— Irán al cuento de El gato con botas.
Siguieron las indicaciones del lobo. Sin saberlo llegaron al cuento de El gato con botas.
— ¿En qué cuento estamos?
— En el de Caperucita Roja.
— Pues no se parece nada.
Peter derrotó a Garfio, viajó al cuento de Caperucita Rojay siguió las indicaciones que el lobo les había dicho a los niños. Peter encontró a los niños y se fueron muy lastimados; pero ellos aprendieron algo muy especial: que no necesitas formar un club para tener aventuras, sino que lo importante es… ¡jugar y divertirse!
Lucía B., 3ºB

El autobús solidario de Cuatro Casas
Teresa F., 3ºA 
Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo llamado Cuatro Casas, vivía un autobús rojo que se encargaba de llevar a los niños al colegio.
Normalmente, el autobús paraba en la plaza del pueblo y allí recogía a los niños para llevarlos al pueblo que había a unos pocos kilómetros, pues en Cuatro Casas no había ningún colegio.
Cada viaje costaba noventa y nueve céntimos. Pero un día, el autobús rojo decidió que ya no iba a cobrarles nada por llevarlos al colegio, pues muchos de los padres no tenían trabajo y les costaba mucho ahorrar y pensó que sería una buena manera de ayudarles.
El autobús rojo estaba encantado de hacer viajes con los niños, pero padados unos meses, las ruedas del autobús rojo estaban tan desgastadas que ya no podía casi ni circular y le costaba mucho moverse.
Por la mañana, como todos los días, las madres y padres estaban en la plaza de Cuatro Casas esperando el autobús rojo. Sin embargo, no era un día normal, pues el autobús rojo se retrasó veinte minutos, ya que no podía andar..., y una vez que consiguió llegar allí, se desplomó del cansancio.
Hoy no podría llevar a los niños al colegio...
Entonces, todos los habitantes del pueblo al ver que el autobús rojo estaba así precisamente por ayudar a todos los padres para que sus hijos pudiesen estudiar, decidieron que cada familia pondría algo de dinero para llevar el autobús solidario al taller para arreglarlo y dejarlo otra vez como nuevo.
Así fue como, entre todos los papás y mamás del pueblo, consiguieron reunir dinero para llevarlo al taller y arreglar al autobús rojo al que tanto querían.
A la mañana siguiente de salir del taller, el autobús rojo estaba puntual en la plaza del pueblo para recoger a los niños y llevarlos al colegio. Parecía que era un autobús nuevo, lo habían pintado y de lo que brillaba parecía un espejo, además le cambiaron las ruedas, así que ya podría seguir siendo el autobús solidario durante un tiempo.
El autobús aprendió una cosa muy importante y es que si eres bueno y ayudas a las personas, el día que tú necesites ayuda, alguien estará dispuesto a ayudarte. También aprendió que la unión hace la fuerza porque los habitantes de Cuatro Casas no tenían mucho dinero, pero gracias a que se unieron, consiguieron que el autobús solidario volviese a estar bien y así pudiese llevar a los niños al colegio.
Alba B. M., 3ºC
 
Juan José O., 3ºB

¡Un final feliz!

Era sábado, un día lluvioso, triste y gris. Pero todo iba a cambiar y se iba a convertir en un hermoso día.
Me disponía a bajar con mi paraguas para ir a comprar el pan, cuando lo compré, me dirigí a mi casa y en un portal me encontré un perrito que estaba tiritando y mojado. Lo recogí y, cuando llegué a casa, le puse una toalla y lo sequé con el secador.
El perrito era blanco y con rayitas negras. Tenía en el cuello colgado un collar con su nombre y un número de teléfono. Se llamaba Manchitas y era muy bonito. Yo me enamoré de él, no quería que se fuera, quería que fuera mío para siempre.
Le puse de comer y mi padre entró por la puerta y me dijo:
— ¿Qué hace este perro aquí?
— Papá, ¿podemos quedárnoslo?
Y él me dijo:
—Seguro que tiene dueño.
Yo le dije que solo quería pasar una noche con él y mi padre respondió:
—Pero solo una noche.
A la mañana siguiente mi padre cogió el teléfono y marcó el número que venía en el collar. Marcó el número y el dueño empezó a hablar con mi padre.
En ese momento el perrito empezó a ladrar, parecía como si estuviese enfadado. Mi padre colgó el teléfono también enfadado diciendo:
— ¿Como puede ser la gente así de cruel?
—¿Qué te pasa, papá? Cuéntame —le dije.
Y mi padre me dijo:
— Hija mía, el perrito lo habían abandonado sus dueños y por eso estaba solo y desamparado en la calle.
En ese momento me alegré mucho porque yo quería darle un lugar y no abandonarle nunca. Mi padre me dijo:
— Puedes quedártelo pero tienes que darle mucho cariño.
Por eso esta historia acaba con un final feliz.
Carolina d. M. A., 4ºA

Pablo A.,4ºA

Justo aquí, no lejos de ti, estoy yo, Usue. Y os voy a contar la historia de mi burro 

Mulato

Mi padre, Ernesto, estaba en casa mientras yo estaba en el cole y, de repente, sonó el móvil. Era su amigo Serafín. Le dijo que un hombre vendía un burrito de seis meses. Tenía su teléfono y mi padre lo quería, así que le llamó pues mucha gente lo quería. Al final, el hombre les dijo que no estaba castrado, así que ya nadie lo quería, solo mi padre. Mi padre se lo quedó y… ¡gratis!
Fue a por él, lo metió en la parte trasera de nuestra furgoneta y se lo llevó a casa. Si un policía le hubiera pillado, tendría una multa tremenda.
Cuando volví a casa, ¡había un burrito pequeñito y cuquísimo!
Le llamamos…
                                 Mulato!!!
Erik L., 4ºB
Cuando mi padre le daba de comer, él iba corriendo detrás de mi papi, y yo, me partía de risa. Cuando se hizo grande y fuerte, empecé a montarme en él.
Pero mordía a todos menos a mí.
Un día mi padre se hartó. Mulato ya pasó tres años con nosotros y, la última vez que le vi, yo estaba muy triste. Un vecino mío lo llevó a una finca con más burros y burras. Desde ese momento, nunca más he vuelto a verle.
Me quedé toda la noche pensando en él, lloré un poco, pero me consolé, “ahora está feliz”, pensé, “con nuevos amigos que también corren rápido como él y muerden”.
Estoy feliz porque él también está feliz.
Usue T., 4ºB

El Príncipe

Hace muchos, muchos años,  en un castillo del cual no me quiero acordar, vivía un príncipe llamado Alad. El príncipe estaba muy triste porque nunca había salido del castillo y no conocía nada más allá de sus murallas.
Un día su padre, el Rey Carlos, enfermó. Los médicos no pudieron hacer nada por él y una semana después murió. Pasaron los meses y el príncipe se fue olvidando de su queridísimo padre. Pero una noche, mientras el príncipe dormía plácidamente en su principesca cama, su difunto padre se le apareció.
Al principio se asustó mucho pero luego el miedo desapareció ya que estas visitas fueron sucediéndose a diario. Su padre quería revelarle un secreto que no le dio tiempo a contarle antes de morir. En las mazmorras del castillo el rey había escondido, hacía muchísimos años, un tesoro lleno de oro que había ganado en una batalla con unos piratas. La misión del príncipe era encontrar el tesoro y entregárselo a la princesa Isabel a cambio de que se casara con él.
El joven Príncipe, entusiasmado, se puso en marcha para buscar el tesoro. ¡Al fin podría salir del castillo! Pero otra vez la mala suerte le jugó una mala pasada. Cuando entró en las mazmorras, se derrumbó el muro detrás del que se escondía el cofre y empezaron a derrumbarse los techos y paredes del lugar. El príncipe no pudo hacer nada por sobrevivir y murió aplastado.
Después de cuatrocientos años de lo ocurrido en el castillo, me encargaron la misión de encontrar el cofre. Me darían una buena recompensa si lo encontraba, pero había un problema: todos los que lo habían intentado antes contaban que los fantasmas del Rey y de su hijo nunca permitirían que el cofre saliera del castillo. Yo me atreví pero no lo conseguí porque cuando iba a salir del castillo noté unas manos frías en mis hombros, eran ellos diciéndome que nunca me dejarían salir de allí.

Fco. Jesús L. L., 4ºC
 
Elena O. C., 4ºC
Cuentos para no dormir
Miguel estaba solo en una calle oscura, tenía recuerdos de años atrás de aquel lúgubre lugar. No veía más allá de un palmo y una brisa le azotaba la cara, cuando una luz salió de la nada. Miguel, sin dudarlo un instante, siguió esa extraña luz, y se metió en una casa. Como  por arte de magia, la luz se esfumó.
Serena C.C., 5ºA

Miguel se volvió a quedar solo, mas unos segundos después, unos gritos vinieron de la planta de arriba y volvió la luz. Después de los gritos, vio sombras, un hombre con una careta y los pelos despeinados que agarraba un cuchillo y una figura femenina con cara asustada.
Miguel, sin moverse, buscó con la vista la salida, o una ventana, pero lo único que encontró fue que la sombra de la mujer ya no estaba y la del hombre, poco a poco se acercaba a él. Cada paso que daba, cada suspiro, la sombra, poco a poco, se acercaba.
Miguel, como un reflejo, salió corriendo en dirección opuesta, atravesó los muros de la casa y vio a una niña llorar. Se acercó a ella pero cuando le puso la mano encima y la niña giró la cabeza, vio con horror el rostro, su cara era como la nuestra pero con los labios y ojos cosidos, su tez pálida asustaba a cualquiera y sus cabellos negros hicieron que Miguel se estremeciera.
La “niña” se le abalanzó y solo entonces Miguel se dio cuenta de sus vestimentas: camisón roto, manchas de sangre, de arena y, en el centro de su corazón, una daga con las iniciales C.M.L. A Miguel le sonaban, pero no tenía tiempo para pensar, corría, corría, corría y corría, pero le seguía persiguiendo. De pronto la “niña” se paró y se marchó.
Escuchó miles de pisadas a la vez y, comprendiendo que se avecinaba algo mucho peor, dio tres vueltas a la esquina y paró. Allí algo le tocó el hombro y cuando giró la cabeza, de la oscuridad salieron una mano putrefacta y dos ojos blancos sin pupilas. Miguel dio un grito tal que el zombi casi le muerde para que parase.
Harto de tanto susto, corrió y corrió viendo fantasmas de todo tipo, corrió y volvió a correr hasta que cayó en una especie de pozo que parecía interminable…
Y, cuando ya veía el fin, Miguel despertó y, sabiendo que estaba en su cama, miró hacia la mesita de noche y había un libro que ponía “Cuentos para no dormir. De Conor Macas Lelcha”.
¡Ahora lo había entendido, todo había sido una pesadilla!
Teresa M., 5ºA

Gerardo S. U., 5ºB
Caramelo y su amigo
Érase una vez una perrita que era tan tierna y tan cariñosa que le pusieron Caramelo. Caramelo era un pastor alemán que ayudaba a su dueño con las ovejas todos los días.
El jueves, 7 de enero de 2016, Caramelo se despertó como todos los días a las seis de la mañana para acompañar a su amo y trabajar con sus ovejitas. Su trabajo consistía en dirigir las ovejitas y que ninguna se despistara ni se saliera del camino hacia el prado, donde pasaban varias horas pastando, para así luego, cuando las ordeñaban, tuviesen buena leche, tanto para venderla como para hacer quesos, que, por cierto, estaban buenísimos.
Eran ya las dos de la tarde cuando, de repente, Caramelo oyó un extraño ruido y quiso comprobar qué era y de dónde venía. Entonces ordenó a las ovejas que se quedasen en su sitio.
Caramelo fue andando hasta que cada vez el ruido estaba más cercano, cuando, de repente, se dio cuenta que era una botella con un agujero que hacía un silbido. Al darse la vuelta, una vez que ya había comprobado el ruido, iba menos alerta y pisó una trampa para conejos.
El pastor comenzó a llamar a Caramelo y, viendo que se estaba haciendo de noche, empezó a recoger sus ovejas para bajarlas al pueblo y siguió llamando a Caramelo muy preocupado, pues era muy extraño que no apareciera. El pastor no podía pararse más a esperar a Caramelo porque se le hacía de noche para bajarlas él solo.
Por otro lado, Caramelo no paraba de aullar pidiendo auxilio a su dueño, pero este estaba demasiado lejos para oírlo. Tuvo mucha suerte porque pasaba por allí un anciano que vivía en una cabaña cerca del prado y le sacó con cuidado la patita de la trampa. Se lo llevó a su cabaña donde pasó varios días recuperándose. Una vez que lo hizo, quiso volver a su hogar, el cual echaba mucho de menos, pero a la vez estaba triste por abandonar al anciano que le había salvado la vida, lo había acogido en su hogar y lo había tratado muy bien.Entonces decidió que cada vez que subiera al prado, iría a hacerle una visita.
Y así lo hizo, regresó a su hogar, el pastor lo abrazó y le hizo una comilona especial. Y todos los días seguían subiendo al prado y Caramelo hacía la visita a su gran amigo el anciano.
Nuria S., 5ºB

El romance
Laura A., 5ºC
Érase una vez, en un lugar muy lejano llamado Librolandia, un librito llamado Antonio. Él iba andando por el bosque del Silencio. Iba de camino al castillo, pero para llegar al castillo hay tres días.
Lo que Antonio no sabía es que se iba a encontrar al amor de su vida. El primer día se encontró a un pequeño librito llamado Lucía. Nada más verla, no podía respirar, el corazón le iba a cien por hora. Antonio le preguntó a Lucía si quería acompañarlo y ella dijo que sí.
Llegó la noche y los libritos tenían que dormir, se subieron a un árbol y allí pasaron la noche. Llegó el segundo día y nada más despertarse Antonio vio que… ¡Lucía había desaparecido!
Vio un avión del que colgaba Lucía. ¡La habían secuestrado!
Antonio cogió una avioneta para rescatar a Lucía. El malvado librito se llamaba Malverde. De repente Lucía empezó a caer en picado y se estrelló.
Antonio empezó a llorar y llorar. Besó a Lucía y nada más pasar tres segundos, despertó. Cayó la noche y al tercer día dieron unos cincuenta pasos y llegaron al castillo.
Lucía declaró su amor ante Antonio y vivieron felices y comieron perdices.
Ana S. J., 5ºC

 Las cuatro princesas
    1.     Un día muy especial

Hoy es un día muy especial para la princesa Melisa, ¡cumple dieciocho años!
 A media mañana, la joven sale a pasear por los jardines del palacio. Está triste porque nadie parece recordar que es su cumpleaños.
De vuelta en su dormitorio, Melisa se asoma a la ventana para observar a los pájaros.
— ¡Hola, pajarito! Si quieres, puedes felicitarme. Hoy es mi cumpleaños —dice la joven, con voz baja y triste.
Pero al atardecer llega la sorpresa: mientras Melisa pensaba que ya nadie la felicitaría, todos en el palacio trabajaban para darle una gran fiesta. Para empezar, ¡la reina le regala una preciosa corona de oro y diamantes!
Y tras la cena, en el gran baile de gala, la joven baila el primer vals con el encantador príncipe Alberto.
— ¡Este es el cumpleaños más maravilloso de toda mi vida! — exclama Melisa muy feliz.
Diego R.,6ºA

   2.     Un sueño hecho realidad
Paula es la bella princesa de un pequeño reino situado a orillas del mar. Al atardecer, la joven contempla la puesta de sol mientras sueña que, algún día, conocerá a un joven misterioso llegado del mar.
Una mañana, paseando por la playa, la princesa Paula se detiene de pronto:
— ¡Oh, no! ¡Parece inconsciente!—exclama al ver a un náufrago en la orilla— He de ir a buscar ayuda, ¡quizá pueda salvarle la vida!
— Este medicamento le ayudará a recuperar sus fuerzas —explica el médico del palacio entregándole un frasquito a la princesa.
— No me alejaré de su lado hasta que pueda caminar por la playa —responde Paula.
El joven, que se recuperó, era el príncipe de un lejano reino situado también junto al mar.
— Si aceptas ser mi esposa, Paula, seremos la pareja más feliz de todos los mares del mundo —dijo el príncipe enamorado.

   3.     La princesa Aurora

La princesa Aurora es una joven que sueña con viajar. Desea recorrer el mundo, ver otros países y conocer otras culturas. Pero a sus padres no les gusta la idea de que abandone el palacio real.
— Por favor, padre, permite que te acompañe en tu próximo viaje —pide la joven.
En el salón del trono, el rey le explica a su hija con cariño que sus viajes son largos y fatigosos, poco apropiados para ella.
Pero al día siguiente, paseando por los jardines de palacio con el príncipe del reino vecino, Aurora se quedó muy sorprendida:
—Lo que de verdad deseo es poder viajar, recorrer el mundo —confiesa el joven.
Así fue pasando el tiempo. Compartiendo largas horas de paseos y confidencias, los dos jóvenes se  enamoraron.
Y, ya casados, con la bendición del rey, recorrieron el mundo juntos y felices.

    4.     El vestido nuevo

Esta mañana, la princesa Elena se ha levantado temprano. Parece nerviosa. Se va a probar el nuevo vestido que le están haciendo para el Baile de la Primavera, ¡el acontecimiento más importante del reino!
— ¡Perfecto! —exclama la costurera, al ver lo bien que le sienta el vestido a la princesa—. Por favor, da unos pasos de baile.
Iciar M., 6ºB
— ¡Sí! ¡Es ideal! —comenta la joven girando al compás de una melodía imaginaria.
¡Y por fin llega la gran noche! Ante la atenta mirada de los invitados al baile, la princesa Elena baja la gran escalera de mármol.
— ¡Ooooh! —exclaman dos jóvenes admirando su belleza, su sencillez y su elegancia.
Pero el más impresionado es el príncipe Sergio, que no duda en acercarse a la joven y pedirle por favor que le concediera ese baile.
— Será un placer —responde la princesa Elena, que adora bailar un vals.
Lucía G. M., 6ºA

Un día de lunes

Era lunes y yo me desperté con un chillido de mi padre. ¡Ah!, se me olvidadaba, me llamo Paloma. Como iba diciendo… Fui corriendo a mirar la hora, ¡eran las 08:30!
Me puse la ropa encima del pijama. Bajé las escaleras, fui corriendo a la cocina, cogí un puñado de galletas, me las metí en la boca y le eché leche. ¡Me empapé toda la ropa!
Entonces fui al cuarte de baño, cogí el cepillo pero no quedaba pasta de dientes, así que no me lavé los dientes.
Me subí al coche, ¡no me había peinado!
Mi padre arrancó el coche y nos pusimos en camino, pero encontramos un gran atasco. Cuando estábamos llegando al colegio miramos la hora, ¡eran las 9:02! ¡Que problemón!
Mi padre aceleró. Cuando llegamos las puertas estaban cerradas. Nos quedamos descompuestos, habíamos llegado tarde.
Mi padre miró el móvil y entonces se dio cuenta…
¡ERA LUNES DE PUENTE!
Paloma R., 6ºB

Mundo desconocido

¡Ring!¡Riiinnng! El despertador sonó y de un fuerte golpe acabé con él. Me desperté y miré por la ventana del cohete, cuando me di cuenta de que ya había llegado al planeta al que me habían enviado, por orden del general Johnson, años atrás.
David M., 6ºC
Estuve mirando pegado al frío cristal de la ventana pensando en mi familia un buen rato, que me pareció interminable, pero eso ya no importaba. Me puse en marcha, la misión había comenzado. Estaba allí, en ese planeta desconocido, con la intención de saber la existencia de vida en él. Cogí los mandos de la Nave ASUR IV y aterricé en su extraña superficie.
Me puse mi traje blanco perla con la bandera de España en la manga y en el pecho, y un gran casco brillante que me permitía respirar y a la vez moverme con dificultad.
Bajé la escotilla lentamente y di mis primeros pasos sobre ese planeta. ¡Ah!, seme olvidaba, mi nombre es sargento Miller.
Justo cuando recogía una muestra de tierra vi que unos ojos me observaban. Sentí miedo y empuñé el arma que tenía en la cintura, me giré lentamente y una voz en mi idioma me dijo “¡No lo hagas!”, me giré rápidamente.
“¡No lo hagas!”, escuché otra vez ese sonido.
Detrás de una roca llena de musgo apareció un ser de color verde con ojos azules y un gran cuello, parecido al de una jirafa.
No lo hice (no disparé) y guardé mi arma.
Me dijo que le acompañara a su ciudad y que me quitara el casco. ¡Hay oxígeno!
Por el camino me contó muchas cosas, como por ejemplo: que era el año 5016, que ya habían descubierto hace mucho tiempo la cura contra el cáncer y que las guerras se estudiaban como algo del pasado pero que ya no las hacían.
Habíamos llegado a la ciudad llamada Córdoba. ¡Era extremadamente impresionante! ¡Había rascacielos hasta en las afueras! En el centro de la ciudad había un rascaespacio (o así lo llamaban). ¡Tenía dos mil plantas o más!
El ser extraño que me acompañaba, me dijo que se llamaba Sínfor y que él vive en la planta 1487 del rascaespacio.
¡Sínfor me llevó a dar una vuelta por la ciudad con un coche que flotaba!
Todo esto se lo tengo que informar al general Johnson, me decía todo el rato a mí mismo. Cuando pasaron horas y horas me despedí de Sínfor y me fui solo a mi nave.
No paraba de darle vueltas en mi cabeza a todo lo visto y comprendí una gran verdad y es que mi planeta Tierra no era tan perfecto como pensaba y que tendríamos que aprender de otras civilizaciones que pensábamos que eran menos avanzadas que la nuestra.

Daniel S., 6ºC 

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